
A 24 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el mundo sigue viviendo las consecuencias de aquel martes que cambió para siempre la historia contemporánea. Los ataques que cobraron casi 3,000 vidas no solo destruyeron las Torres Gemelas; fracturaron la percepción global de seguridad y redefinieron las relaciones internacionales.
La respuesta estadounidense, enmarcada en la “Guerra contra el Terrorismo”, desencadenó dos décadas de conflictos en Afganistán e Irak que dejaron cientos de miles de muertos y millones de desplazados. Como señalan los analistas, el 94.7% de los atentados islamistas posteriores ocurrieron en países musulmanes, evidenciando que la violencia se expandió precisamente donde se pretendía combatir.
El legado del 11-S trasciende lo militar. La vigilancia masiva, el endurecimiento migratorio y la expansión del control estatal se normalizaron bajo el pretexto de la seguridad. Para América Latina, significó el estancamiento de reformas migratorias prometedoras y el desplazamiento de la región en las prioridades estadounidenses.
Hoy, mientras recordamos a las víctimas, debemos reflexionar críticamente sobre cómo el miedo colectivo se transformó en herramienta política. El 11-S nos enseña que la verdadera seguridad no se construye con muros o guerras, sino con justicia, diálogo y cooperación internacional. La memoria de ese día debe inspirar no más violencia, sino la búsqueda de un mundo más equitativo.
