Opinión: Alex Vega

A veces, los hechos no se cuentan solos. Se dejan filtrar, se tergiversan, se colocan en vitrinas de lo conveniente. Hechos como Tlatelolco necesitan que alguien camine entre la memoria y la luz, y que ponga nombres a lo que muchos quisieran enterrar. Yo estuve ahí, en espíritu, en el dolor colectivo, en el grito retenido. No para contar lo que “me dijeron”, sino para recordarlo con voz propia.
La tarde del 2 de octubre de 1968, la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco fue escenario de un mitin pacífico convocado por estudiantes. El ambiente era de exigencia civil: libertades democráticas, respeto universitario, rechazo al autoritarismo. Pero la narrativa oficial, durante décadas, lo pintó como un disturbio que “se salió de control”.
La versión de la autoridad declaró que los militares respondieron a agresiones; documentos y testimonios posteriores han revelado algo distinto: tácticas de infiltración, el uso del Batallón Olimpia dirigido con guantes blancos o pañuelos como distintivos, disparos cruzados por francotiradores y la operación “Galeana” desplegada para sembrar confusión.
El saldo real se mantiene incierto: cifras oficiales indicaron “más de 300 muertos”, aunque algunas versiones reducen el número, mientras que otras estimaciones más altas parten de testimonios que hablaban de cientos de cuerpos retirados clandestinamente.
El Movimiento Estudiantil de 1968 no fue un episodio aislado: estuvo precedido por meses de tensión. En julio iniciaron los conflictos entre estudiantes del IPN y la UNAM; los granaderos respondieron con fuerza desmedida en la Ciudadela y otros planteles. En ese contexto surgió el Consejo Nacional de Huelga (CNH), con amplia participación de estudiantes, profesoras y profesores de diversas escuelas, campesinos, obreros y ciudadanos que exigían justicia, apertura política y cese a la represión.
Cuando cayó la noche del 2 de octubre, el estruendo no fue solo el de las balas: fue el de un Estado que decidió disparar su versión contra quienes tenían la voz alzada.Yo estuve ahí. No con mi cuerpo, pero sí con el eco de quienes corrían, gritaban, caían. Escuché el helicóptero que lanzó bengalas verdes y rojas para dar la señal de ablandar la plaza. Vi cómo las fuerzas federales avanzaban, cómo los edificios cercanos al “Chihuahua” fueron usados como torres de fuego letal.
Sentí que entre los manifestantes hubo confusión: unos pensaban que los disparos eran de los granaderos; otros, que era fuego cruzado. Fue la introducción de la duda como arma.
También supe porque me lo han contado quienes vivieron el día que periodistas fueron atacados, testigos silenciados y cuerpos trasladados en camionetas discretas. No hay registro completo. El Archivo General de la Nación resguarda cientos de documentos desde expedientes de la Dirección Federal de Seguridad hasta imágenes del movimiento que ahora escapan al olvido y reclaman su lugar público.
¿Por qué seguimos marchando cada 2 de octubre? Porque esa herida no cicatrizó del todo. Es más, se reproduce en otros modos: desapariciones forzadas, agresiones contra estudiantes, amenazas al pensamiento crítico.
El legado del 68 no es nostalgia: es la urgencia de una ciudadanía que exige memoria, justicia y transparencia. En estos años la consigna de “2 de octubre, ni perdón ni olvido” no es un lema vacío: es un recordatorio una advertencia de que las sombras vuelven si no se ilumina el pasado.
Hoy, cuando se pretende simplificar, censurar o maquillar esas fechas, conviene recordar que la verdad no se admite en pedacitos. Se construye con voces múltiples, con documentos accesibles y con reconocimiento de los errores estatales.
Si pudiera decir algo con voz de Alex Vega, lo diría así: no basta con que “no olvidemos”; tenemos que obligar al Estado a responder. Premiar la impunidad con la indiferencia es regalar silencio. Cuando un gobierno vende su versión, suprime archivos, disfraza responsabilidades o diluye testimonios, está diciendo que prefiere el olvido al castigo.
Si tienes el poder de cuestionar, exigir transparencia, revisar archivos históricos, participar en marchas o escribir con memoria, hazlo. Porque ser testigo no es solo mirar atrás: es empujar al presente para que los hechos verdaderos encuentren su lugar.
Y te dejo esto: si alguien te dice que “lo de Tlatelolco ya no importa”, que lo has escuchado mal, abre bien la boca para que te entiendan. Porque en esos disparos silenciosos todavía se juegan los gritos de nuestra democracia.
Lo ocurrido el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas no necesita adornos ni metáforas: fue un crimen de Estado. La represión contra un movimiento estudiantil pacífico sigue siendo la cicatriz más honda en la piel democrática de México.
Hoy, cuando escuchamos de desapariciones forzadas, de agresiones a periodistas o de jóvenes criminalizados por protestar, entendemos que la sombra del 68 no se fue: solo cambió de disfraz.
La moraleja es dura pero justa: el poder no es perpetuo, y cada vez que un príncipe olvida quién lo llevó al baile, el reloj se lo recuerda. El verdadero hada madrina es el pueblo. Y, como en Tlatelolco aprendimos, cuando se le traiciona, el precio no es un zapato perdido, sino la memoria que no perdona.
El problema es que, en medio de ese juego de hechizos, quien paga el baile siempre es el pueblo. Y a veces, como en Tlatelolco, se le cobra con sangre y silencio.
